Los amigos en la escuela

Uno no sabe, pero en la vida puedes llegar a pasar más tiempo con tus amigos que con tu misma familia. Y ese es mi caso. En la universidad hice una buena cantidad de amigos, aunque al final los mejores eran sólo un grupo reducido.

Mi grupo más cercano de amigos se limitaba a unos 5 o 6, quienes eran de los más relajientos en toda la escuela, a un nivel que muchos no creerían. Sin embargo, nos unía el que nunca nos traicionábamos a pesar de que a veces nos decíamos de todo, nos llevábamos muy pesado en los juegos (las bolitas, golpes en la espalda, arrojar agua en la cabeza, zapes, jalones de ropa, a veces rompiéndola, nalgadas a libretazos o con la mano, y hasta botellazos incluso), pero para defendernos, éramos muy unidos, hacíamos nuestras fiestas o reuniones seguido en las que las risas, la bebida y las bromas pesadas no faltaban.

No obstante, había uno que no encajaba en ese grupo que conté, la razón era porque aquellos no estaban conmigo en el mismo salón de clases, al menos no siempre. Su nombre era Alejandro Flores. Fuimos compañeros de clase por dos años. 

De hecho yo era el nuevo en su salón. Me había cambiado al turno matutino porque ya lo extrañaba. Hice toda la preparatoria en el turno vespertino y no soportaba la idea de hacer la carrera igual. 

En ese nuevo grupo hice amistad rápidamente y conforme los semestres avanzaron, sabías con quien irte para trabajar las tareas o proyectos escolares. De repente tuve un grupo asiduo al que yo le llamé con cariño "los Rechazados". Siempre nos tocaba trabajar juntos cuando el o la maestra asignaba tarea en equipo. Así les llamé porque había muchos elitistas dentro de ese salón de clases, y a veces te veían con prejuicios.

Y en ese grupo estaba mi amigo Alejandro. Con él y los otros del mismo equipo trabajábamos bastante bien. Cada quien tenía su parte asignada, y sabías que nadie iba a fallar. Aunque de hecho eso era porque yo me encargué de ser el líder siempre. No porque me sintiera superior, sino porque ninguno alzaba la mano para organizar las cosas, repartir el trabajo, y definir un plan de acción. De eso me encargaba yo. No es mi punto humillarlos, demeritarlos o burlarme de ellos. Así eran las cosas. Y aunque nunca lo expresé en su momento, apreciaba mucho a toda esa bola de cabrones y cabronas, porque siempre se comprometían a sacar el trabajo adelante.

Era de irnos a la biblioteca los del equipo, consultar la bibliografía correspondiente, y comenzar a delegar partes. De vez en cuando al afinar detalles, alguien quería denostar el trabajo del otro o excluirlo. Yo como jefe de ellos, me negaba a hacerlo. Por mucho que alguien no tuviera el mismo nivel de conocimientos que otros, me negaba a dejarlo de lado. Es muy feo denigrar a alguien, que aunque no pueda dar lo que otro, da su máximo esfuerzo por cumplir.

Ya fuera de lo escolar, Alejandro y yo a veces nos reuníamos con otros amigos a cotorrear dentro de la escuela, en la que platicábamos una cantidad de estupideces abismal, siempre riéndonos y a veces haciéndonos bromas o haciéndoselas a algún otro que fuera de nuestro círculo de amigos.

Un día, a una maestra se le ocurrió la idea de que para practicar la redacción, escribiéramos pequeñas cartitas, y se las enviáramos a un compañero como muestra de afecto o compañerismo. Podíamos no poner quien la enviaba si así lo deseábamos. 

Esa actividad se convirtió en un chiste. A veces llegaban papelitos diciendo "Sin palabras", otras veces eran para denigrar a alguien como le ocurría a una compañera desgraciadamente. Otras veces alguien si te escribía algo muy bueno de apreciar. Otras eran mensajes con letanías obvias de "Hola, espero que estés bien, te deseo un buen día, adiós".

Yo llegué a enviarle una a alguien en la que le especifiqué "Te escribo porque me obligan..." y ella me contestó enviándome una que decía en una parte "No manches, para la otra aunque sea cuéntame un chiste, no chingues..."

Un buen día, mi amigo Alejandro me escribió una igual, motivado porque ya no sabía a quien más dirigírsela. Decía un montón de vulgaridades, chistes subidos de tono y hasta un dibujo chocarrero que me causó mucha risa. Me había representado jugando un balero (Era porque yo llevaba todos los días a la escuela un balero para entretenerme en mi tiempo libre). 

Estábamos en la clase precisamente en la que esas cartas se entregaban. La maestra lo hacía para que el autor pudiera mantenerse anónimo.

Entonces leí esa carta. En principio me saqué de onda, pero como yo ya estaba acostumbrado a ese tipo de "llevaderas" todo lo que hice fue reírme y en mi mente decir "¿Quien chingados escribió esta pendejada?". Al final decía algo como "No te creas, es puro desmadre, pásatela chido hoy".

Al acabar la clase, se acerca Alejandro y me dice "Wey ¿Qué onda?, ¿Qué te pareció la carta? yo la escribí". Sólo le contesté que me dio mucha risa. Él me dijo que esperaba que no me enojara. Claro que no fue así. He vivido cosas muy duras, algo así no me iba a quebrar. Y si venía de un amigo menos, porque sabía que era juego y nada más.

Quizá luego de eso, habremos ido a sentarnos en algún lado a platicar, quizá a comer algo, seguir riéndonos haciendo chistes burdos. En fin, nada cambiaba nuestra amistad.

En una ocasión me invitó a mí y a otros compañeros a una comida en su casa. Hubo alcohol ese día, y aunque él no bebía, estuvo ahí conviviendo con todos nosotros. Era buena persona, trabajaba en lo que fuera para comprarse sus cosas y pagarse la carrera. Era muy sano porque iba al gimnasio, cuidaba su dieta entre otras cosas.

Casi al final de mi tercer año de carrera, Alejandro decidió darse de baja de la carrera de lengua Inglesa, para iniciar a estudiar Antropología. Era evidente que le apasionaba porque leía mucho al respecto, incluso su estilo de vestir asemejaba mucho a los antropólogos famosos que uno conoce de las películas o caricaturas. Unos amigos y yo le llegamos a apodar "Cocodrilo Dundee" quien es un personaje de películas, que no era antropólogo, pero que en la forma de vestir se parecía a mi amigo.

Yo concluí mis estudios de universidad en 2002 y como todos, estaba en trámites de certificado, de tesis y eso. Un día ya como egresado fui a la facultad de Humanidades de la Universidad Veracruzana a desayunar (Ahí estudié). Al entrar a la escuela vi a mi amigo Alejandro con un tapabocas, gafas oscuras; y aunque no se me hizo tan raro me acerqué y a tono de burla le dije "chale, ya te dio la tuberculosis".

No esperaba lo que vendría después de esa burla. Me dijo "No wey, tengo cáncer". En ese momento no lo pude asimilar, no lo creía, menos de él. Un tipo que cuidaba su salud en todo momento. Que incluso recuerdo que en grupo nos fuimos a un balneario, y mientras unos comíamos la botana, tomábamos una cerveza, él estaba haciendo lagartijas junto con otro amigo para ejercitarse. Incluso sentados en la mesa y ellos en sus lagartijas les gritábamos "Ya, pinches ridículos, vénganse a botanear".

Volviendo a cuando lo vi con el tapabocas, entonces le respondí incrédulo "No digas pendejadas ¿Cómo crees? ¿cáncer?" Y como no quise aceptarlo él simplemente me dio por mi lado y dijo "Está bien wey, tengo gripa". 

Me fui a comer algo, y al regreso ahí seguía mi amigo con otros platicando. Lo vi hacerlo en tono serio sobre la enfermedad que tenía. Ahí fue donde me quedé completamente anonadado. Y lo tuve que aceptar.

Sin embargo, como a los 2 años volví a ver a Alejandro. Nos encontramos en una calle cualquiera en Xalapa cerca de la facultad de Humanidades. Él me contó que ya se sentía mejor, que si había sido grave pero que estaba bien. Eso me hizo sentir contento, y más porque recuerdo que yo venía de salir de un problema muy difícil.

Estuve en la cárcel 2 días por algo que me ocurrió en mi trabajo, y que no era mi culpa. Alejandro se enteró de que estuve encerrado, y recuerdo que luego de salir de prisión, nos vimos y me dio palabras de aliento y todo. Eso pasó cuando fui en una de pocas veces a comer a mi facultad ya como egresado. Lo hacía por nostalgia y porque la verdad las encargadas de la cafetería tenían muy buen sazón. Alejandro venía con otros amigos que yo conocía y me vieron todos como espantados diciendo: "Pinche Bruno ¿Cómo estás? Supimos que te metieron al bote ¿Estás bien wey?". Les conté como estuvo la bronca y eso fue todo.

La amistad no se perdía aunque ya casi no nos veíamos como cuando yo aún era estudiante.

Después, me mudé de ciudad, me dediqué de lleno a trabajar en el ambiente turístico en Puerto Vallarta. Pasaron los años, y habrá sido como por 2009 o 2010 que por las redes sociales, una antigua amiga y compañera de estudios me escribió. 

Ella me dijo "¿Te acuerdas de Alejandro, él que iba con nosotros en la U.V?". Le dije "claro que si, éramos muy amigos, era como mi hermano, muy buena persona". No lo vi venir, me dio la fatídica noticia de que mi gran amigo, un casi hermano de otra madre, había fallecido. Me destrozó por completo. Estaba en otra ciudad, ni siquiera podía ir a su funeral. No pude evitar llorar. No lo hago, me considero una persona que por tanta cosa fea que ha vivido, soy demasiado fuerte a las emociones. Pero enterarme de que alguien tan cercano y tan apreciado se había ido, no lo soporté.

Desafortunadamente así a veces es la vida. No sabe uno cuando algo como esto ocurrirá. Nunca está uno preparado para ello, no importa cuanto nos digan que la vida tarde o temprano se nos acaba. 

Me da alegría saber que disfruté la amistad que tuve con él en su momento. Nunca nos guardamos nada en el sentido de que si necesitaba ayuda de él, o él de mí, siempre ahí estaba la voluntad de hacerlo. Mentiría si dijera que aunque como adulto ya tengo mi vida definida, no lo extraño. Por supuesto que si. Los buenos amigos son escasos, y cuando andas pasándola mal, te ayudan a salir adelante. Si lo extraño bastante.

Aún conservo esa carta disparatada que me escribió para poder sacar el día, y que la maestra no lo penalizara por no cumplir con dicha actividad. Es lo único que me queda de él. Es cierto, el papel contiene cosas que no podría mostrar por estos medios, pero la atesoro bastante, porque representa que tuve a un verdadero amigo, Alejandro Flores. D.E.P. 

Ya nos encontraremos hermano, para seguir bromeando y riendo como antaño.



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